Continuando

¿Por qué sigues bailando?

Phi Lee

Ha cambiado con el tiempo. Al principio era, en parte, una distracción, una especie de escape de la realidad y de lo difícil que puede ser la vida en Nueva York. Pero la experiencia más significativa para mí fue cómo derribó la barrera que tenía con los hombres. Siempre me costó relacionarme con los hombres cis, no por alguna mala experiencia en particular, sino porque simplemente me parecían una especie completamente distinta. Bailar tango, esa intimidad, de alguna manera hizo caer ese muro que tenía, y pude sentir la humanidad de la persona con la que estaba bailando. Pude verla por quien realmente era, sin atribuirle suposiciones basadas en su género.

Con el tiempo también descubrí que, a veces, es casi como una práctica espiritual en la que, si estás dispuesto a abrirte y hacerte las preguntas adecuadas, puedes descubrir muchísimo sobre ti mismo. Puedes encontrar muchos paralelismos y metáforas entre cómo eres al bailar y cómo eres en la vida, y llevar esas observaciones a todos los aspectos de tu existencia. Más adelante también se convirtió, para mí, en una forma muy interesante de atravesar algunos traumas y de reconocer qué es un contacto seguro y qué no lo es.

Mati

Bueno, primero porque disfruto mucho bailar. Eso, sin dudas. Después, porque me parece un espacio social en el que conozco mucha gente y en el que siento que día a día aprendo mucho. Yo ya no estoy tomando tantas clases, aunque no creo que es que no las necesite. Creo que siempre se puede seguir aprendiendo. Pero bueno, mi gran aprendizaje hoy en día dentro del tango es cómo convivir con la gente que lo gestiona y a la vez cómo gestionar espacios nuevos para tratar de generar algo diferente a lo que ya existe. Algo que se adapte un poco más a mis posibilidades, a mi búsqueda y a lo que las personas que comparten interés conmigo buscan también.

NW: ¿En qué sentido?

En el sentido de que siento que las personas con las que mejor conecto no son las personas que son más bienvenidas en los espacios tradicionales. Entonces siento la necesidad de compartir con esas personas pero a la vez de generar espacios donde esas personas y yo nos sentamos mejor o más incluides.

Norma

Cuando paré fue cuando vine a New York. Paré mucho tiempo, pero ya no me sentía llamada a seguir bailando solamente en milongas tradicionales. Creo que dije: quiero encontrar un espacio queer. Cuando por fin lo encontré, creo que eso fue lo que me llamó a volver a bailar. Como que esta es la forma como quiero bailar y estas son las personas con las que quiero bailar, a pesar de que sigo yendo a milongas tradicionales, o regulares, y me gusta mucho, pero creo que me llamó la atención como encontrar mi lugar como ser humano en el tango.

Leo

Yo siempre les digo a los alumnos cuando empiezan la primera clase, que el tango es como entrar en un laberinto y es un camino de entrada nada más. Es un laberinto, porque nunca salís. Siempre digo: no es un laberinto que uno lo tiene como pesante, no, lo disfruta. Y cada paso y cada cambio que uno hace, porque el tango nunca va así derecho. El tango siempre va cambiando. Tenés momentos donde estás bien, momentos donde estás mal, momentos donde bajás, momentos donde subís. Por eso lo considero un laberinto, porque nunca sabes para dónde va a ir. Si este nuevo momento de tu tango es feliz, es triste, o...Es como la vida. El tango va acompañándote y va madurando con vos. Si estás mal a veces te pone bien y si estás bien a veces te pone mal, pero es parte de lo que va haciendo. Yo siempre encuentro en el tango esa manera de ser yo, de bailar. Entonces es no tener que ir con ninguna etiqueta de nadie. Cuando estás bailando, cuando estás haciendo una performance o bailando socialmente con alguien, es como si no tenés nada. Es entrar sin ninguna etiqueta, sin sentirte prejuzgado, nada. Es como decir: bueno, eso es lo que soy. Esa libertad es algo que me encantó. Yo de hecho, estudié también en Argentina e hice la carrera de psicología, pero siempre fue la danza lo que yo quise hacer, así que, así fue.

Mikael

Tiene muchísimos aspectos. No sé si debería decir primero la comunidad, pero quizá sí. La comunidad de la que todos formamos parte, y también la magia maravillosa de lo que es bailar tango. Un amigo una vez dijo que tienes cuatro tandas para hacer que alguien se enamore de ti. [ambos ríen] Y me encanta esa frase, porque disfrutar de la música, de la conexión y de esa magia de poder dar pasos y sentir hacia dónde vas es, para mí, un baile mágico: estar completamente presente con otra persona.

Arty

La comunidad es enorme. Yo todavía bailo swing, me sigue encantando, e incluso organizo actividades de swing. Pero una de las principales razones por las que dejé de bailar swing con tanta frecuencia —y por las que, de hecho, hice una pausa muy, muy larga del swing y del baile en general— fue que empecé a bailar swing en 2013. Bailé de forma constante durante cuatro o cinco años en San Francisco y conocía a muchísima gente de ese ambiente. Sin embargo, algo que siempre les decía a los demás era que me frustraba no estar haciendo amigos de verdad. Nadie me invitaba a cenar, nadie me escribía para decirme: «Oye, ¿vas a ir a este baile?», y nunca me agregaban a los grupos de chat ni a nada parecido.

Había dos factores. Por un lado, yo tampoco estaba haciendo el esfuerzo de construir comunidad. No le preguntaba a la gente: «¿Quieren ir a tomar algo después?» o «¿Nos encontramos antes del baile?» o «¿Quieren ir al cine algún día?». Muchas veces simplemente iba a bailar. Y, por otro lado, me sentía un poco excluido. No sé si era porque soy queer; la verdad no creo que fuera exactamente eso. Tal vez era una diferencia de mentalidad, o quizá simplemente yo era demasiado tímido. Pero, después de cuatro o cinco años bailando con las mismas personas y seguir sintiendo que no tenía una conexión con ellas, empecé a querer dejarlo. Me desilusioné. Pensaba: «¿Para qué invertir tanto tiempo y tanta energía en un hobby donde ni siquiera estoy haciendo amigos?».

...Después, con el tango, creo que hice un esfuerzo mucho más consciente por hablar con la gente. No siempre lo hago —todavía priorizo el baile por encima de la socialización—, pero cuando llegué a Nueva York estaba buscando amigos, estaba buscando comunidad. Acababa de mudarme a una ciudad completamente nueva, así que hice un esfuerzo más activo por volver a contactar con la gente y conocer personas. Y también ayuda que, en Nueva York, siento que la gente está más abierta, es más acogedora y tiene más ganas de reunirse y hacer amistades fuera de las clases y de las milongas. El tango realmente me acercó a otras personas y me ayudó a hacer nuevos amigos. Creo que el compromiso que puse en construir comunidad y hacer amistades encontró una respuesta dentro del tango, y eso lo valoro muchísimo; también me pasó en el swing. Así que quizá fue Nueva York [ríe] más que el baile en sí. Pero hice el esfuerzo y estoy viendo una reciprocidad muy clara, un aprecio mutuo entre nosotros.